La historia del leñador

Hace mucho tiempo aprendí que
para curar mis heridas
necesitaba tener el valor de enfrentarlas.
-Paulo Coelho


‘El leñador’ es una de las primeras historias que me contaron cuando inicié mi trayectoria vinculada al mundo de Dale Carnegie. Me impactó tanto que, desde entonces, la tengo bien presente en numerosas ocasiones.

No creo que su autor sea Dale Carnegie, ya que la he leído en diferentes ocasiones, explicada por diferentes personas. La versión que transcribo a continuación es la de Jorge Bucay.

Érase una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel.

El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque.

El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar.

En un solo día cortó dieciocho árboles.


-Te felicito -le dijo el capataz-. Sigue así.

Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó bien temprano.

A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque.

A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más de quince árboles.

«Debo de estar cansado», pensó. Y decidió acostarse con la puesta de sol.

Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad.

Al día siguiente, fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.

Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento.

El capataz le preguntó: «¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?».

-¿Afilar? No he tenido tiempo para afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles -contestó el leñador.

                                                                  Los árboles no nos dejan ver el bosque


Hacer un receso en nuestra cotidianeidad, de vez en cuando, es algo necesario. En ocasiones, si nos negamos a parar de forma voluntaria, la vida nos da un toque, nos lo recuerda de otro modo, muchas veces a través de nuestro cuerpo, de nuestra salud.

Debemos recapacitar sobre el ‘para qué’ hacemos esto o aquello, observar si seguimos en la dirección correcta o nos hemos desviado de ella y mirar a nuestro alrededor. Ampliar la perspectiva de nuestro viaje vital, descansar para tomar fuerzas de nuevo nos ayudan en nuestro camino.

Parar y observar nos ha de servir para resituar, para recolocar, para reordenar y para aprender. Si evitamos enfrentarnos a nuestros problemas con la excusa de que no tenemos tiempo para ello; si no reconocemos nuestros errores, no avanzamos. Cuando elegimos no mirar atrás y hacemos, hacemos, hacemos sin pensar, nos perdemos.


Dedicar un tiempo a recapacitar sobre nuestra situación, aceptar la realidad, nos ayudará a encontrar soluciones para podernos enfrentar con garantías a cualquier contratiempo.
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